Sobre cómo unos calcetines influyen en un divorcio
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Sobre cómo unos calcetines influyen en un divorcio

Y no fue porque olían mal
Sobre cómo unos calcetines influyen en un divorcio

Una de las cosas que he aprendido en estos últimos años es que al divorcio se llega de forma lenta y entre otras cosas... por dejarte los calcetines de la noche anterior en el suelo al irte a trabajar por la mañana.

Sí, por ridículo que parezca, unos calcetines en el suelo... pueden provocar un divorcio.

Y es que quitarme los calcetines al meterme en la cama, dejarlos en el suelo y no recogerlos a la mañana siguiente no suponía el más mínimo problema para mí. Podía recogerlos sin problemas en otro momento. O acumular en el suelo los de varias noches. Pero sí era algo que le importaba a mi mujer. Era algo que le molestaba y le incomodaba. Cada vez que veía los calcetines allí, habíendomelo recordado en múltiples ocasiones, sentía que yo no le escuchaba, sentía que yo no la tenía en cuenta,  sentía... que ella no era importante para mí, que no me importaba.

Entonces no lo sabía, pero hoy tengo claro que una de las mejores cosas que puedes hacer por tu mujer y que hace que ganes 12 puntos inmediatamente en su escala de respeto hacia ti es escuchar lo que te pide que necesita aunque te parezca una tontería o incluso una locura. O mucho mejor aún... pillar exactamente lo que ella necesita, lo que es importante para ella y hacer todo por demostrárselo sin que ni siquiera tenga que pedírtelo. Porque es fácil caer en el “no soy adivino, solo tienes que decirme lo que necesitas, y me encargaré de ello”. Pero tu mujer no quire ser tu madre. Quiere ser tu pareja y que pongas en práctica toda tu inteligencia, todos tus dotes y todas tus capacidades (idea: exactamente las mismas que pusiste en práctica para conquistarle) para que descubras quién es ella, qué necesita y resolver por tu cuenta cómo atender sus necesidades sin que te tenga que poner un manual de instrucciones delante tuyo.

En cambio nos empecinamos en que cosas como estas son una tontería y sobre todo en querer tener la razón. Queremos luchar por hacerle entender que unos calcetines en el suelo no hacen daño a nadie. Que unos calcetines en el suelo es imposible que tenga algo que ver con el amor que sentimos hacia ella. Que el hecho de que nosotros no nos enfademos con ellas por cosas que hacen, hace que sea imposible que ellas sí puedan hacerlo con nosotros. Y cuando ella nos insiste que sí, somos incapaces de ver que ella no lucha por los calcetines. Ella lucha porque le escuches, le valides sus sentimientos y por tener la certeza de que la quieres... todo ello gracias a que recoges los calcetines.

La cuestión es no obsesionarse con intentar entender algo que no tiene sentido para ti. Solo hay que llegar a entender y respetar que para ella es importante. Nada más. Y mientras tanto intentar anticiparnos a cómo se va a sentir ante una situación dada recordando que las respuestas emocionales de hombres y mujeres suelen ser muy diferentes. Entonces cuidar y velar por ella se convierte en algo mucho más fácil. En algo me atrevería a decir que incluso sencillo. Es no dejar los calcetines en el suelo de la habitación, es sacar la basura, es vaciar el lavavajillas, es pasar la aspiradora, es elegir una película que sabes que disfrutará, es ocuparte de algo que suele hacer ella, es... preguntarle ¿qué puedo hacer por ti hoy?

El día que alcanzas a entender que dejar los calcetines en el suelo, algo que jamás te afectará emocionalmente, a ellas les provoca dolor que trae sentimientos de tristeza, soledad, abandono y miedo... ese día todo cambia para siempre.

Cabe destacar también que este principio también funciona a la inversa. Si hay algo que te molesta o que te importa y que ella no hace por ti, pero que no te cuesta prácticamente nada llevar a cabo, tienes dos opciones. Puedes comunicar y trasladar aquello que te duele o molesta, confiar que lo entienda, que procure tenerte en cuenta y si funciona... ¡perfecto! Pero si no, la segunda opción es hacerlo tú en su lugar. Esto me pasaba con mi mujer cuando se olvidaba contínuamente de apagar la recirculación del agua caliente que teníamos en casa para gastar menos agua. Y es que con el tiempo aprendí que era mucho más fácil apagarla yo... que no tenerlo en cuenta enfadándome y que ello creara distancia entre nosotros, hasta el punto que cuando lo hacía, ni siquiera sentía que valía la pena recordarle lo que acababa de hacer.